21Dic

Retrato del oficio, o-f-i-c-i-o

Elizabeth Cape Light House, Maine

El motivo de la parada era saborear un trozo del Maine más insustancial y contemplar ese Derry que con catorce años me tuvo semanas aterrorizada. En Bangor, cerca del cruce entre sus dos calles principales, hay una preciosa librería de segunda mano. Está llena de libros curiosos, cuadernos de música y fotografías apergaminadas y reina en ella cierto caos ordenado, como se espera de un lugar de este tipo. La dependienta es una señora que respira con dificultad. En un rincón frente a la ventana hay una sillita que invita a leer. En una estantería dedicada a los escritores de la zona estaba On writing: a memory of the craft ("Mientras escribo", trad. de Jofre Homedes, aunque no a todos les haya gustado, Plaza & Janés, 2001), una introducción honesta y comprometida al oficio de escritor firmada por Stephen King, el habitante más ilustre de Bangor.

Honesta por dos motivos. En el capítulo dedicado a su Currículum Vitae, SK se desnuda en un puñado de páginas. En un breve relato de su vida desentraña para el lector las decisiones y azares que unen la línea de puntos que va el perdedor adolescente, de familia desestructurada, consumidor compulsivo de cómics y cine B y escritor precoz, al novelista de éxito mundial con más de 30 bestsellers a sus espaldas. De basura blanca a autor respetado. De quinceañero soñador a adulto satisfecho. Para ello no esconde nada y nos enteramos por ejemplo de que bebía como un animal y de que las drogas le acompañaron un buen trecho del camino. Luego aparece ese superhéroe clásico, el Amor, y lo pone todo patas arriba, se carga a los malos y salva al protagonista.

Pero honesta también porque deja claro que la única forma de escribir bien es escribiendo; escribir sin descanso y leer con criterio, con espíritu crítico, leer como una profesional de la lectura y de la literatura, de forma consciente, activa y alerta. Aprender, tomar de aquí y de allá, formarse una personalidad como escritor, ponerla a prueba. Escribir por el mero hecho de ejercitarse, como toca diariamente su instrumento un concertista de piano. Ser capaz de releer lo escrito, corregirlo y, si es preciso, tirarlo a la papelera y volver a empezar.

Llega un día en el que a todo escritor aficionado le apetece compartir su obra con los demás. Dicho de otra forma, le llega su momento; está preparado. A SK le llegó ese momento, pero sólo tras innumerables rechazos y negativas y después de pasar por múltiples trabajos (encargado de lavandería, profesor de lengua). Finalmente consiguió vender Carrie, su primera novela. Cuando lo hizo vivía con su mujer en una caravana y no tenían teléfono. Tuvieron que llamarlo a casa de un vecino.

Y comprometida porque se moja. Cada novelista tiene su estilo, debe encontrar su propia voz y bla bla bla. Pero SK dice en este libro qué está bien y qué esta mal. Está bien hacer dos lecturas de lo escrito: la primera vez escribes y lees para ti mismo, la segunda abres la puerta, dejas entrar al lector y, teniéndole presente, modificas lo escrito. Está bien ser directo, sencillo y claro, usar palabras de tu propio vocabulario. Hablar de aquello que conoces bien y te apasiona, sea de la vida en los suburbios o de la vida en otros planetas. Está mal abusar de los adverbios, en especial de los acabados en "mente". Y, descendiendo aún más, SK rechaza los verbos que modifican el diálogo, como "repuso Susan", "protestó Dick", "intercedió McKinsey". En palabras suyas, estos verbos son humanos; usar simplemente "dijo" es divino.

Desde este punto de vista, la actividad de escribir es un oficio; algo que también queda claro en el subtítulo de la obra, "A memoir of the craft". No es un arte, no es una ciencia. Es una afición, una pasión, una adicción que a algunos, como SK, jamás deja de satisfacerles. Pero también es un talento que hay que pulir y afilar como una navaja para seguir haciendo cortes limpios en los lectores. Truman Capote decía algo parecido en su Prólogo a Música para camaleones (trad. de Benito Gómez Ibáñez, Anagrama, 2002):

Ahora, me sitúe a mí mismo en el centro de la escena, y de un modo estricto y sobrio, reconstruí conversaciones triviales con personas corrientes. Tras escribir centenares de páginas sobre esas cosas tan simples terminé por desarrollar un estilo. Había encontrado una estructura dentro de la cual podría integrar todo lo que sabía acerca de escribir.

No sé qué es escribir literatura, pero sin duda traducir es un oficio. Sería precioso que los lugares en que se enseña a traducir siguieran llamándose escuelas en lugar de facultades. Nos recordaría que  es una aptitud que hay que pulir y afilar para que no se oxide. Que exige leer y releer tu propio trabajo, respetar el lenguaje y ser capaz de destruir lo escrito.

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